Cuando estudiábamos la carrera especulábamos a veces con nuestras posibilidades de futuro. Un tema que nos obsesionaba, o que era muy mencionado, era el de poder ser el fisioterapeuta de algún deportista de élite. Por alguna extraña razón, nos emociona el hecho de poder tener contacto con alguna entidad famosa, sea por la causa que fuere. Es como ser elegido para poder tratar a fulanito de tal, campeón del mundo de nosequé, nos fuese a dar más prestigio profesional o nos fuera a convertir en mejores fisioterapeutas. De esta guisa suceden casos espeluznantes como el del misterio acerca del verdadero fisioterapeuta de Chema Martínez, los quincemil fisioterapeutas que dicen haberlo sido del Atlético de Madrid o del Barça (tema a estudiar próximamente) u otros terribles casos de fisios que se creen superiores, por el hecho de haber podido tratar a no se que actor, una vez en su vida. Es más, lo habitual y sorprendente es que el fisioterapeuta de marras que cae en las manos de algún famosete, no sea en realidad ninguna joya de la terapéutica, sino alguien más del montón infinito de fisios acríticos. Tal es el caso, por ejemplo, del histórico fisioterapeuta de Rafa Nadal, amiguete suyo de toda la vida del señor.
