El cuerpo muere, el alma expira y lo que queda es un amasijo de carne ordenada sin sentido. Mucho habría que agradecer a todos aquellos que, a través de este proceso, alcanzan ese lugar que no existe y dejan su legado para la ciencia, ya sea para la más profunda investigación o para el más básico estudio de lo elemental. Muchos de ellos, ni si quiera saben que lo son, condenados al ostracismo, quizá atacados por alguna demoledora enfermedad mental, terminan sus días como vagabundos, malcomiendo la basura de la calle y durmiendo entre cartones con olor a pis de humano y de rata, con medio cartón de vino abierto y medio tobillo al sereno, por eso de guardar imagen. De pronto un día que haga un frío de pelotas, como estos, no encuentran ningún cajero donde guarecerse y acaban muriendo, dejando su cuerpo para una incierta utilidad. No pueden ser donantes de órganos, cuesta mucho filiarles a veces, tienen enfermedades, el tiempo y los procedimientos legales son los que son...Hay mucha rumorología sobre este asunto, pero lo cierto es que muchas veces sus cuerpos acaban en los tanques de formol
de alguna universidad y sirven para que los alumnos de medicina aprendan los rudimentos más básicos de disección y anatomía. También les sirven a los alumnos de fisioterapia.